Testimonio de anulación

Hoy he asistido a un testimonio no buscado de muchas mujeres, en tantos pueblos perdidos. A través de sus palabras exentas de rencor o de odio describía su día a día con su marido. Ella lo contaba con la naturalidad de una vida marcada por muchos surcos que ahora forman pliegues en su cara.

Cosas que ocurren de puertas adentro, donde no hay nadie más que ella, su marido y la sombra de una dignidad que se esconde cuando aparece él. Falsa hombría desgraciada que lo arruina a él y a ella, quienes un día se dieron un sí con la ilusión de una juventud ingenua.

¿Dónde ha quedado aquella ilusión? Se ha transformado en entrega de vida abnegada que por fuerza del espíritu no pierde la alegría ni la ilusión por un nuevo día.

Duchas con ropa para no gastar en lavadora. Ropa vieja para ahorrar. Cabezonería inútil de hombre sin hombría. Reproches de “no tienes nada si no es lo mío” que no hacen más que poner de manifiesto la pobreza de espíritu de ese ser que, a base de sus carencias, ha forjado una mujer de hierro. Buscando sólo el bien de su marido lo engaña en cosas pequeñas para que vaya bien vestido y aseado, para que lleve una digna y apropiada que ella no se merece. Que guarda en sus ojos cansados la mugre de su casa para que nadie pueda decir jamás, “mira, ese hombre, un bandido”.

Lección de vida que marca la mía, y que sin conocerla, solo por sus palabras, que contaban con cariño escenas de sufrimiento, despiertan en mi nada más que admiración e incluso amor.

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